Mientras el discurso oficial celebra una «transformación» con los pobres como supuesta prioridad, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) lanza una advertencia cruda: el verdadero objetivo del gobierno es aniquilar la comunidad. No con balas, sino con un goteo constante de violencia, discriminación y fragmentación.


En palabras del ahora Capitán Marcos, las víctimas de esta guerra silenciosa no ocupan portadas. No hay matanzas masivas que escandalicen a la prensa; hay mujeres asesinadas lentamente, disidencias agredidas día a día, desaparecidas que nunca aparecen en las estadísticas mediáticas. Frente a ello, el gobierno simula. Simula que el cambio verdadero ya llegó, que no hay violaciones ni odio hacia quienes son diferentes.



Pero el Subcomandante Insurgente Moisés va más al fondo: la «transformación» es un espejismo que ha vaciado la vida colectiva. Lo que antes era comunidad de verdad —con tierras, vínculos y decisiones compartidas— ahora es un cascarón. Antes un ejidatario era dueño de una hectárea; hoy pueden haber hasta ocho dueños sobre el mismo pedazo de tierra. La división no es solo material, sentencia Moisés, sino también del pensamiento.



El resultado, según el EZLN, es una comunidad hecha pedazos, individualizada, incapaz de defenderse. «Está claro que lo que quieren es que no haya comunidad —puntualiza el jefe zapatista—, porque así no se pueden organizar, luchar ni hacer respetar lo que el pueblo decide». La supuesta máxima de «primero los pobres» se convierte, en la práctica, en otra manera de perjudicarlos.



Desde Chiapas, los rebeldes insisten: sin comunidad no hay resistencia posible. Y esa es la guerra más silenciosa de todas.
